Sé que será raro leer esto: ningún lugar en el mundo me
complació tanto como mi propio país, y en especial, un pueblo costero bien
pequeñito al sur. Allí teníamos una casa de fin de semana, a pocos metros del
mar. Y todos los viernes, sábados y domingos era nuestro hogar. La capital,
donde vivíamos, había perdido ya su esencia para mí, y aunque seguía gustándome,
yo buscaba otra cosa, un poco más de paz.
La rutina era, hacía años, la misma. Llegábamos, papá hacía
las compras y mamá bajaba el equipaje, y cuando nos encontrábamos todos reunidos
en la casa, se abrían las ventanas que miraban al tranquilísimo mar. Las demás
se cerraban.
Ellos pasaban los tres días adentro, no salían en ningún
caso, sólo excepcionales (un invierno nos quedamos sin café).
El atardecer siempre me había gustado en la capital, donde
tanto no se apreciaba, ya saben... Edificios, autos, ruidos. Cuando lo descubrí
en el mar, supe que si tuviera que retratar mi vida en un instante, sería ese.
La puesta, el reflejo del astro más brillante en el agua, el sonido, el aroma. Miles
de fotos tenía en mi habitación de ese momento que me extasiaba, también una
foto que le saqué a Miranda en el mar tenía, y otra de mi familia. Y otra de
él...
Me había hecho habitué de un bar vagamente bohemio y
familiar escondido en la playa. El ambiente era agradable. Linda música,
personas interesantes y tragos raros. A veces tocaba una banda pueblerina,
hacíamos teatro (también me apasiona) o expresiones artísticas: danzas,
pinturas, acrobacias. Lo mejor de esto es que todo lo que hacíamos, lo hacíamos
mirando al mar. El café era mi segunda casa, y su gente, mi segunda familia.
Ahí conocí a Miranda, fuma tabaco de uva y escucha jazz,
igual que yo. Luego del primer encuentro, me prometí y le prometí que jamás nos
separaríamos. Tenía buenos presentimientos con respecto a ella. Como la hermana
que nunca tuve, como la amiga que nunca tuve y ahora tengo. Así es Miranda. A
veces por carta, a veces en persona, le cuento todo. También ella a mí.
El día que la conocí, yo me había sentado en una mesa en la
ventana que daba al mar, y pedí una copa de buen vino para acompañar la
lectura. Había escuchado la puerta del barcito, pero seguí en mis asuntos, y en
menos de tres segundos, ella estaba mirándome. Opinó sobre el libro que yo
estaba leyendo. Debo admitir que me molestó su ímpetu al principio... Miranda
es como un tsunami. Fue sólo una primera impresión, porque me cayó simpática tras
un breve intercambio de frases, copas de vino y cigarros de uva y nos quedamos
conversando hasta que el día se transformó en noche, porque se tuvo que ir.
Estaba acomodando mis cosas para partir también, y se me
acercó él, y con una dulzura determinante, se presentó. Era el dueño del bar.
Me pareció raro porque yo era visitante asiduo del lugar, y nunca lo había
visto, pero rápidamente aclaró que no vivía en la ciudad. Dijo que le había
gustado ‘mi imagen’ y que ‘inevitablemente’ me había estado escuchando en mi
conversación con Miranda. Me preguntó si ella era mi novia, negué y expliqué
que recién la conocía. Volviendo al tema del trabajo, le conté que realmente yo
no necesitaba el dinero, pero que seguiría yendo como hasta ahora lo hacía.
Uno de esos días de bar, me quedé después de hora y conversé
con él. Teníamos gustos diferentes, pero las charlas eran llevaderas. Recorríamos
todo: amor, política, economía, arte, literatura, música, personalidades. Era
una persona atractiva. Y así empezó a ser todos los días. Charlábamos, él
tomaba cerveza y yo vino. Nos embriagábamos, reíamos. Teníamos sexo, en su casa
o en la mía, o en la playa.
De vez en cuando dormía conmigo, me cocinaba, le cocinaba.
Escuchábamos música y yo lo fotografiaba.
El momento de unión era sublime. Pero cuando nos
separábamos, adentro mío ardía un fuego incesante. Me ardía el alma y comenzaba
a habitarme la soledad. No soportaba el adiós.
A veces él no podía ir al bar, y a mi me molestaba. No
quería decepcionarlo, no quería que sepa que me convertía en una hoguera cuando
no estaba conmigo. Y que ese fuego crecía y se avivaba cuando lo veía con otras
personas, o simplemente, sin mí.
Entre todo lo que me quedaba por preguntarle había cosas
como ¿Dónde estás? ¿Con quién? El ardor me consumía. Cuando lo veía, serenidad.
Y cuando se iba, se encendía de nuevo la llama, y me carcomía.
Miranda quería que me aleje de él, y ella decía que me hacía
mal verlo, pero me explicaba que era yo el problema, porque él no era mío. El
no era de mi propiedad. Yo no me podía adueñar de él. Eso era lo que no me
terminaba de llenar. Un vacío se apoderaba de todo mi cuerpo, no lo podía llenar.
Y mi mente comenzaba a girar y a girar, torbellinos de ideas sucias y
perversas.
Ojalá nunca haya percibido eso en mí, esa paranoia que me
arrastraba al llanto incesante. Se hubiera querido deshacer de mí tan rápido
como un abrir y cerrar de ojos. Hubiera temido de mí.
Quería que nos escapáramos juntos. Estar solos. Nadie más
que él y yo.
Tuvimos una cena agradable (tensa para mí) anoche. Llegó con
un regalo y una sonrisa, él me amaba. Entonces le tomé una foto -la que está en
mi habitación-, y después abrí el presente. Una copa con mis iniciales y un
buen vino. Lo descorchamos y brindamos porque él me conocía bien, y yo también
a él. Nos emborrachamos, de vino y de otras cosas. Durmió en mi cama, y cuando
me desperté, me había dejado un desayuno preparado. Enloquecí cuando me
encontré en la maldita soledad. Rompí la taza y volqué el café, revoleé las
galletitas en la habitación y destrocé el frasco de dulce de higo que había
hecho el abuelo por toda la alfombra. Pasaron unos minutos y me senté en la
cama. Y observé el panorama. Me pregunté miles de veces quién habría hecho
semejante lío en mi habitación ¿Él? ¿Yo? No encontré respuestas.
Hoy al mediodía no tuve hambre, no almorcé. Visité a Miranda
un rato como todos los días. Nos reímos, charlamos de lo de siempre, escuchamos
jazz y fumamos tabaco de uva y le di un gran abrazo al irme ‘Te quiero’. Me fui
directamente a la playa. Solamente me senté en la arena a esperar el atardecer.
Llevé vino, la cámara fotográfica y la copa que él me regaló. Y lo decidí. Nos
iríamos juntos a otro lugar.
Saqué fotos del atardecer y mientras tomaba vino, le escribí
una carta a Miranda y otra a mis papás. Me embriagué de vino y soledad para
contarles mi próxima aventura.
Cuando el barcito estaba cerrando, cargué la mochila con las
cartas, las fotos y la copa, y fui. Él me dio un abrazo, y casualmente ese
abrazo, el último, fue el más largo que me dio. Fuimos caminando a su casa y
preparó algo rápido para cenar. Puso dos copas y le dije que yo había llevado
la mía, y sonrió ‘Me sorprendés’.
Terminamos de cenar y él se relajó en el sillón. Y se
durmió. Me recorría una adrenalina por el cuerpo que jamás había sentido.
Quería que nos vayamos, sí, pero tenía nervios. No entendía por qué. El temblor
de mis manos hizo que mientras levantaba la mesa rompa la copa.
Había roto lo único de él que era mío, no me lo perdonaría
jamás. No importó, falta poco para que estemos solos y ahí todo lo de él será
mío, y todo lo mío, de él.
No me gusta sentir inseguridad, entonces resolví la situación
rápido: nos vamos ahora. Él primero, y me esperará allá.
Me senté sobre él dormido y le tapé la boca. ‘No grites, no
te voy a hacer mal.’ Con un trozo de la copa rota le dibujé el cuello con su
sangre, que ahora era mía también; y para que no se alarme, lo hice rápido e
intenso, mientras sus ojos me miraban abiertos y saltones, pues no entendía qué
estaba haciendo. Me empapé de él y su rojo, y me reí, y lo besé, y lo abracé.
¡Nos íbamos juntos! Y un sentimiento de plenitud me recorrió todo el cuerpo
esta noche, esta vez iba a ser todo mío. Y le dejé entre las manos el pedacito
de copa con mis iniciales, y me llevé otro pedacito, para unirlos cuando yo
llegue.
Le dejé la carta a Miranda en su casa, contándole de mi
próximo viaje con él, ‘¡No me extrañes!’, con fotos del atardecer de esta tarde
y preparé el sobre de la carta para mis padres y sus correspondientes fotos,
‘Nos vemos pronto’.
Me fui a casa, preparé el equipaje. Esta vez, ligero y
rápido, porque él me esperaba. Cámara, vinos, fotos y tabaco de uva. Poca ropa.
Y acá estoy, con el pedacito de la copa que él me regaló, y mi mochila lista,
para irme con él. Amanece casi.
Al final, los fuegos que nos arden adentro son tan necesarios
como el agua que los apaga, y como el aire que respiramos...
¿Y cuando el fuego que me arde es el agua que me apaga? ¿Me
consumo o me apago?
Debo irme, él me espera.
No hay comentarios:
Publicar un comentario