Sé que perdonarás
todas y cada una de las palabras que te digo. Sé que en la inmensa
eternidad del universo encontrarás el lugar ideal para perdonar cada
palabra que te digo.
Lo hiciste otras
veces y ese sideral abismo se redujo a una cercanía casi simbiótica
que habitaste junto a mí. Sé que cada límite que me decoró a tu
merced en algún momento devino en cenizas veraniegas de aquel fuego
invernal. Sé porque fui yo quien se ocupó de rociarlos con alcohol
y de tirar la cerilla. Sé que quisiste apagarlo pero no pudiste. Y
lloraste.
Sé que perdonarás
cada herida que te provoque. Otras veces pasó ya; y aunque quisiste
que los roles intercambien, eso nunca pasó. Y te herí. Te hería y
me perdonaste cada vez. Quisiste ser tan fuerte o más; querías
seguir tan viva como yo lo estaba.
Los ojos tuyos y
claros, que tantas veces quisiste no haber tenido, dueños del mayor
caudal de lágrimas que no tendrán igual, aunque este gran penoso
mundo que nos albergó alberga también océanos de ojos tristes y
sus lágrimas, pero superlativos son los tuyos.
Sé que a cada dolor
que entre cubierta e invasión te habitó lo utilizaste en tus
mejores poesías. Vos también sabés que el dolor enseña y crea
cuando te adueñas de el.
Florencia… Como la
ciudad italiana. Tan iguales en belleza. Florencia como la viva
ciudad italiana. Vos tan diferente. Aunque Florencia, querías
‘Flor’. Y ¡qué bien te sentaba! Sé que tu aroma me envolvía.
Aroma a jazmín. Belleza de jazmín. Y yo la mano que la arrancó
para sentirla más cerca.
Sé que perdonaste
cada línea que no te escribí cuando pude. Vos las escribiste por mí
y mejor que yo. Las guardé y aquí todavía están. Las primaveras
te veían con ella florecer y el otoño te veía con él llorar. Pero
no tus cartas. Nunca lloraban, siempre llegaban con tu aroma a
jazmín. Y yo la mano que las agarraba para sentir ese aroma más
cerca. Admito que alguna vez demoré en leerlas. Y lloraste. Pero sé
que perdonaste cada respuesta que no existió y cada llamada que
jamás, aunque quisieras, jamás contesté.
Florencia, como la
palabra eterna del cielo puesta en tu boca sonó todo lo que dijiste,
todo lo que susurraste, todo lo que callaste Florencia.
Siempre me
recordabas cuántas veces hubieras elegido no tener esos ojos tuyos;
para no verte, para no verme. Y cuántas veces más hubieras elegido
que una suerte de olvido repentino me arrebatara de tu memoria y la
llenara de cualquier otra cosa. ¿Hasta de muerte, Florencia?
Sé que ese dos de
junio que te puso y me puso en el mismo colectivo fue similar.
También querías olvidarlo, decías.
No en vano,
Florencia. Vos eras flor y yo la mano que la arrancó para sentir su
aroma más cerca. Aroma a jazmín. Belleza de jazmín.
Tan pura como aquel
manantial que rodaba cotidianamente por tus ya húmedas mejillas, tan
pura que me perdonaste cada vez, cada palabra, cada herida.
Quiero que sepas que
estuve detrás de la puerta todas y cada una de las veces que con tu
frente apoyada llorabas en ella y la pateabas queriendo que fuera yo.
Tus ojos, repetías,
tus ojos. Hubieras preferido no tenerlos. Esas pequeñas y azuladas
lunas que me miraron en el colectivo ese dos de junio tenían la
culpa de todo, repetías. Cuánto lloraban esos ojos, Flor.
Sé que perdonarás,
como tanto me perdonaste, que me adueñe materialmente de ellos,
hasta te pondrás contenta quizás. Los guardo con tus cartas y tus
fotos en mi cajón.
Sé que perdonarás
esa mañana de sol pleno que no te dejé disfrutar. Pero vos, Flor,
tenías que entender que vos eras flor, y yo la mano que la arrancaba
del jardín para sentir su aroma de cerca. Aroma a jazmín. Belleza
de jazmín.
Y como toda flor que
se arranca, por ley de la naturaleza, se marchita. Hoy te marchitaste
como no lo habías hecho nunca. Hoy te consumió un fuego invernal,
hoy te marchitaste.
Sé porque fui yo
quien se ocupó de rociarte con alcohol y tirar la cerilla.
Vos fuiste flor, y
yo te arranqué. Pero nadie me arranca a mí esta paz de saber que
nunca más nadie podrá sentir tu aroma a jazmín de cerca, y más
tranquilidad aún al saber que nadie, pero nadie en este mundo, podrá
arrancarte nuevamente.