Confianzas - Juan Gelman

Confianzas - Juan Gelman
Confianzas - Juan Gelman

lunes, 25 de enero de 2016

S I M I L I T U D E S

Dejame que te hable de él...

Lo conocés, y yo también.

Pero puedo contarte más (sólo si querés)

Él es invasivo. 

No te va a dejar ir fácilmente.

Tiene táctica, detalles y hasta la técnica.

El día que llega, 

Todo adentro empieza a arder 

Y es un ardor, además de estremecedor, incesante.

Y por ahí escuchás el ruido de los destrozos.

No se va sin dejar algo roto.

Y aunque es difícil...

Te deshacés. Lo apagás.

Deja cenizas, sí, de todo lo que se comió. 

Pero también lo de adentro es como el ave Fénix... Renace.

Pero sabés que el fuego quema 

Y también sabés que no te hablo del fuego.

Sino del dolor...

Son parecidos.

viernes, 8 de enero de 2016

R E S U R R E C C I O N E S

Después de su muerte -simbólica- juró nunca volver a repetirlo.
Pero temía que eso suceda de alguna u otra manera.
Que se repita. 
Que el corazón le vuelva a doler. 
Su cuerpo, mente y alma habían sido invadidos por un gigante titán al que le llaman miedo. Y dicen que de ahí es difícil salir. Dicen también que a quien el miedo apresa, muere. 
Miedo a que vuelva a pasar. Miedo al dolor.
Y entonces ya no quería aventurar. 
Ni aventurarse.
Un día el sol quiso. También quiso el miedoso. Y volvió a nacer... Revivió. 
(Las malas lenguas cuentan que fue un abrazo de energías y palabras brillantes quienes hicieron gran parte del trabajo resucitador)
Y ahora anda... Enseñando a no morir. 
Explicando cómo es de maldito el miedo que te enreda entre sus brazos y abrazándote no te deja salir... 
Ni a explorar, ni a conocer, ni a descubrir, ni a jugar, ni a amar.
Anda por ahí, enseñando a esquivarlo, 
Regalando abrazos enérgicos y palabras brillantes para los muertos en vida en manos del miedo.
Y festejan ellos, han vuelto a vivir.
A aventurarse.





miércoles, 6 de enero de 2016

E S T R A T E G I A S

Es cierto...
No lo voy a negar. 
a veces vuelve:
te nubla, o te aclara, o te reconforta, quizás.
Pero es sólo un recuerdo efímero...
No es real.
El pasado vuelve en algunas ocasiones... Sí.
¡Pero no te dejes engañar!
Vuelve por un rato, no más.
No se va a quedar.
¿Y si hablamos del futuro? 
También viene a veces.
Es una eterna incógnita, y nace y vive a medida que nosotros lo hacemos. 
Y no te agites... No corras más fuerte.
¡No vas a poder alcanzarlo!
Llega solo y se va solo también.
El pasado no vuelve a ser vivido,
El futuro no puede ser apurado.
Creo que hay alguien que quiere que entendamos que el momento exacto existe sólo una vez.

Después...
se va.
Es estratégico.






lunes, 4 de enero de 2016

F U E G O S


 Siempre fuimos una familia ‘normal’, como todas las demás. De clase alta, con posibilidades elevadas, estudios extranjeros y empresas triunfantes. Viajábamos muy seguido, y conocíamos casi todos los continentes.
Sé que será raro leer esto: ningún lugar en el mundo me complació tanto como mi propio país, y en especial, un pueblo costero bien pequeñito al sur. Allí teníamos una casa de fin de semana, a pocos metros del mar. Y todos los viernes, sábados y domingos era nuestro hogar. La capital, donde vivíamos, había perdido ya su esencia para mí, y aunque seguía gustándome, yo buscaba otra cosa, un poco más de paz.
La rutina era, hacía años, la misma. Llegábamos, papá hacía las compras y mamá bajaba el equipaje, y cuando nos encontrábamos todos reunidos en la casa, se abrían las ventanas que miraban al tranquilísimo mar. Las demás se cerraban.
Ellos pasaban los tres días adentro, no salían en ningún caso, sólo excepcionales (un invierno nos quedamos sin café).
El atardecer siempre me había gustado en la capital, donde tanto no se apreciaba, ya saben... Edificios, autos, ruidos. Cuando lo descubrí en el mar, supe que si tuviera que retratar mi vida en un instante, sería ese. La puesta, el reflejo del astro más brillante en el agua, el sonido, el aroma. Miles de fotos tenía en mi habitación de ese momento que me extasiaba, también una foto que le saqué a Miranda en el mar tenía, y otra de mi familia. Y otra de él...
Me había hecho habitué de un bar vagamente bohemio y familiar escondido en la playa. El ambiente era agradable. Linda música, personas interesantes y tragos raros. A veces tocaba una banda pueblerina, hacíamos teatro (también me apasiona) o expresiones artísticas: danzas, pinturas, acrobacias. Lo mejor de esto es que todo lo que hacíamos, lo hacíamos mirando al mar. El café era mi segunda casa, y su gente, mi segunda familia.
Ahí conocí a Miranda, fuma tabaco de uva y escucha jazz, igual que yo. Luego del primer encuentro, me prometí y le prometí que jamás nos separaríamos. Tenía buenos presentimientos con respecto a ella. Como la hermana que nunca tuve, como la amiga que nunca tuve y ahora tengo. Así es Miranda. A veces por carta, a veces en persona, le cuento todo. También ella a mí.
El día que la conocí, yo me había sentado en una mesa en la ventana que daba al mar, y pedí una copa de buen vino para acompañar la lectura. Había escuchado la puerta del barcito, pero seguí en mis asuntos, y en menos de tres segundos, ella estaba mirándome. Opinó sobre el libro que yo estaba leyendo. Debo admitir que me molestó su ímpetu al principio... Miranda es como un tsunami. Fue sólo una primera impresión, porque me cayó simpática tras un breve intercambio de frases, copas de vino y cigarros de uva y nos quedamos conversando hasta que el día se transformó en noche, porque se tuvo que ir.
Estaba acomodando mis cosas para partir también, y se me acercó él, y con una dulzura determinante, se presentó. Era el dueño del bar. Me pareció raro porque yo era visitante asiduo del lugar, y nunca lo había visto, pero rápidamente aclaró que no vivía en la ciudad. Dijo que le había gustado ‘mi imagen’ y que ‘inevitablemente’ me había estado escuchando en mi conversación con Miranda. Me preguntó si ella era mi novia, negué y expliqué que recién la conocía. Volviendo al tema del trabajo, le conté que realmente yo no necesitaba el dinero, pero que seguiría yendo como hasta ahora lo hacía.
Uno de esos días de bar, me quedé después de hora y conversé con él. Teníamos gustos diferentes, pero las charlas eran llevaderas. Recorríamos todo: amor, política, economía, arte, literatura, música, personalidades. Era una persona atractiva. Y así empezó a ser todos los días. Charlábamos, él tomaba cerveza y yo vino. Nos embriagábamos, reíamos. Teníamos sexo, en su casa o en la mía, o en la playa.
De vez en cuando dormía conmigo, me cocinaba, le cocinaba. Escuchábamos música y yo lo fotografiaba.
El momento de unión era sublime. Pero cuando nos separábamos, adentro mío ardía un fuego incesante. Me ardía el alma y comenzaba a habitarme la soledad. No soportaba el adiós.
A veces él no podía ir al bar, y a mi me molestaba. No quería decepcionarlo, no quería que sepa que me convertía en una hoguera cuando no estaba conmigo. Y que ese fuego crecía y se avivaba cuando lo veía con otras personas, o simplemente, sin mí.
Entre todo lo que me quedaba por preguntarle había cosas como ¿Dónde estás? ¿Con quién? El ardor me consumía. Cuando lo veía, serenidad. Y cuando se iba, se encendía de nuevo la llama, y me carcomía.
Miranda quería que me aleje de él, y ella decía que me hacía mal verlo, pero me explicaba que era yo el problema, porque él no era mío. El no era de mi propiedad. Yo no me podía adueñar de él. Eso era lo que no me terminaba de llenar. Un vacío se apoderaba de todo mi cuerpo, no lo podía llenar. Y mi mente comenzaba a girar y a girar, torbellinos de ideas sucias y perversas.
Ojalá nunca haya percibido eso en mí, esa paranoia que me arrastraba al llanto incesante. Se hubiera querido deshacer de mí tan rápido como un abrir y cerrar de ojos. Hubiera temido de mí.
Quería que nos escapáramos juntos. Estar solos. Nadie más que él y yo.
Tuvimos una cena agradable (tensa para mí) anoche. Llegó con un regalo y una sonrisa, él me amaba. Entonces le tomé una foto -la que está en mi habitación-, y después abrí el presente. Una copa con mis iniciales y un buen vino. Lo descorchamos y brindamos porque él me conocía bien, y yo también a él. Nos emborrachamos, de vino y de otras cosas. Durmió en mi cama, y cuando me desperté, me había dejado un desayuno preparado. Enloquecí cuando me encontré en la maldita soledad. Rompí la taza y volqué el café, revoleé las galletitas en la habitación y destrocé el frasco de dulce de higo que había hecho el abuelo por toda la alfombra. Pasaron unos minutos y me senté en la cama. Y observé el panorama. Me pregunté miles de veces quién habría hecho semejante lío en mi habitación ¿Él? ¿Yo? No encontré respuestas.
Hoy al mediodía no tuve hambre, no almorcé. Visité a Miranda un rato como todos los días. Nos reímos, charlamos de lo de siempre, escuchamos jazz y fumamos tabaco de uva y le di un gran abrazo al irme ‘Te quiero’. Me fui directamente a la playa. Solamente me senté en la arena a esperar el atardecer. Llevé vino, la cámara fotográfica y la copa que él me regaló. Y lo decidí. Nos iríamos juntos a otro lugar.
Saqué fotos del atardecer y mientras tomaba vino, le escribí una carta a Miranda y otra a mis papás. Me embriagué de vino y soledad para contarles mi próxima aventura.
Cuando el barcito estaba cerrando, cargué la mochila con las cartas, las fotos y la copa, y fui. Él me dio un abrazo, y casualmente ese abrazo, el último, fue el más largo que me dio. Fuimos caminando a su casa y preparó algo rápido para cenar. Puso dos copas y le dije que yo había llevado la mía, y sonrió ‘Me sorprendés’.
Terminamos de cenar y él se relajó en el sillón. Y se durmió. Me recorría una adrenalina por el cuerpo que jamás había sentido. Quería que nos vayamos, sí, pero tenía nervios. No entendía por qué. El temblor de mis manos hizo que mientras levantaba la mesa rompa la copa.
Había roto lo único de él que era mío, no me lo perdonaría jamás. No importó, falta poco para que estemos solos y ahí todo lo de él será mío, y todo lo mío, de él.
No me gusta sentir inseguridad, entonces resolví la situación rápido: nos vamos ahora. Él primero, y me esperará allá.
Me senté sobre él dormido y le tapé la boca. ‘No grites, no te voy a hacer mal.’ Con un trozo de la copa rota le dibujé el cuello con su sangre, que ahora era mía también; y para que no se alarme, lo hice rápido e intenso, mientras sus ojos me miraban abiertos y saltones, pues no entendía qué estaba haciendo. Me empapé de él y su rojo, y me reí, y lo besé, y lo abracé. ¡Nos íbamos juntos! Y un sentimiento de plenitud me recorrió todo el cuerpo esta noche, esta vez iba a ser todo mío. Y le dejé entre las manos el pedacito de copa con mis iniciales, y me llevé otro pedacito, para unirlos cuando yo llegue.
Le dejé la carta a Miranda en su casa, contándole de mi próximo viaje con él, ‘¡No me extrañes!’, con fotos del atardecer de esta tarde y preparé el sobre de la carta para mis padres y sus correspondientes fotos, ‘Nos vemos pronto’.
Me fui a casa, preparé el equipaje. Esta vez, ligero y rápido, porque él me esperaba. Cámara, vinos, fotos y tabaco de uva. Poca ropa. Y acá estoy, con el pedacito de la copa que él me regaló, y mi mochila lista, para irme con él. Amanece casi.
Al final, los fuegos que nos arden adentro son tan necesarios como el agua que los apaga, y como el aire que respiramos...
¿Y cuando el fuego que me arde es el agua que me apaga? ¿Me consumo o me apago?
Debo irme, él me espera.

F L U Y E

La atractiva inocencia de lo efímero

Las nubes...

Aceptan su enano protagonismo en la escena celeste, 

Y terminada su parte, se van.

Naturalmente dejan paso al que burla a lo fugaz, al de siempre.
Tarde o temprano, aparece,

Omnipresente.

Cielo.

La cúpula inmensa y azulada.

Es metafórico el mundo, amor.

¿Te das cuenta? 

Se queda lo perenne,

Lo imprescindible.

Y lo demás...

Fluye. 

‘La naturaleza es sabia’, me dijeron una vez.